jueves, 17 de junio de 2010
Poema
es una continua lucha contra mi.
Contra mi amor,
contra el amor que siento por ti.
Si solamente me queisieras un poco,
yo sería tan feliz,
que daría mi vida entera por ti.
Pero por desgracia,
eso no es asi.
Yo te quiero, con locura.
Tú no me quieres, solo con amargura.
Última luna (Capítulo 5)
En la oscuridad de la casa reinaba un silencio sepulcral, hasta que se escucharon los llantos de un bebé, y, poco después, los desesperados gritos de terror de su madre.
Solo sentía ansiedad, hambre, sed. Necesitaba comer.
Primero se apagó la voz de la madre, como la llama de una vela por culpa de un soplido.
La ansiedad disminuyó, el hambre cesó, pero aún tenía sed. Poco después, cesaron los llantos del bebé. Lo único que sentí fue una sensación de saciedad, y, seguidamente, un intenso terror, miedo y una sensación de asco que me hizo llorar.
Entre lágrimas, intenté despertarme, no quería recordar, quería olvidar, pero no quería morir, había tres palabras que me aferraban a la vida y que había pronunciado el chico al que amaba, al que había dedicado mi último pensamiento antes de hundirme en aquella laguna. Eran: “Te quiero, Lis”.
Al fin, me desperté. Aquella sensación de terror aún me nublaba los pensamientos y un dolor agudo me impedía pensar. Intenté aclararme las ideas, así que abrí los ojos y eché un vistazo.
Lo primero que vi fueron un suelo y unos barrotes de hierro llenos de polvo. Cuando conseguí abrir de todo los ojos pude distinguir, entre los barrotes, flores, flores exóticas, de muchos colores y variedades, flores que formaban un remolino de color que me trajo recuerdos de paseos por el campo. En el aire se distinguía un intenso olor a miel recién sacada de la colmena, pero también olor a leche fresca, recién salida de la ubre. Se me hizo la boca agua solo de pensar en tomarme un tazón de leche con miel en aquellos parajes, pero entonces me dí cuenta de donde estaba, los abucheos de la gente me indicaron que estaba de vuelta en mi pueblo, en aquel pueblo del que había tenido que huir. Se abrió la jaula y un verdugo me agarró del brazo y me hizo subir hasta la tarima donde me pensaban ahorcar, pero yo ya había pasado por eso, ya no era la primera vez que intentaban matarme, ni sería la última, pensé, sabía lo que tenía que hacer.
Con un grito de furia me transformé nuevamente en serpiente. Tardé un poco en acostumbrarme a mis sentidos extra y me apresuré a asustar a todos los presentes.
Cuando ya se había marchado todo el mundo me apresuré a transformarme en humana, aunque sabía que no estaba sola, la había visto al subirme a la tarima, ella estaba detrás de mí.
Al girarme para verle la cara, brotaron lágrimas de mis ojos, para luego resbalar por mis mejillas y mojarme la ropa.
Lloraba de emoción, era cierto, pero eso en menor parte. En realidad lloraba de alegría, lloraba por saber que, en realidad, sí la había echado de menos, que estar con Jake solo me había aliviado en parte, que no había dejado de quererla nunca.
Pero un dolor agudo me atravesó el corazón y mis sentidos se nublaron. Me habían disparado. Lo único que pude sentir luego fue una sensación de mareo y las manos de mi madre acariciando mi cara después de haberme caído al suelo. Sus gritos desesperados y sus lágrimas me encogieron el corazón. Ella se quedó abrazada a mi hasta que se escuchó un disparo. Los gritos de súplica cesaron, y poco a poco sus manos se fueron volviendo más frías, hasta que se quedaron heladas.
Última luna (Capítulo 4)
Casi había amanecido, así que decidí marcharme ya. Mientras estaba metiendo cosas que necesitaría en mi viaje (ropa, fruta, una manta…) en mi mochila, petaron a la puerta y esta inmediatamente se abrió, sin esperar respuesta.
Era Jake.
-Pasa.-dije.
-¿A donde vas?-me preguntó.
-Ya te lo he dicho, no voy a seguir aquí.
-No, me refiero que a donde vas, a que lugar.
-No lo sé.
-Entonces…-dijo él- te vas a ir así, sin más, sin saber a donde irás, ni cuanto tiempo te llevará el viaje, ni…
-Eso no es necesario.-corté yo- Lo que importa es que me vaya, cuanto antes mejor
-Así que eso es todo. Me besas y te vas.
-Perdona,-dije con ira es los ojos y acercándome a el- pero el que me besó fuiste tú.
-Y por lo que veo eso para ti no significó nada.
-Yo no he dicho eso.-dije metiendo más cosas en la mochila.
-¿Ah no? ¿Y que dices entonces?
-No tengo nada que decir.
-Lo suponía. Mira, si significo algo para ti, quédate, si no-sus ojos se encogieron de tristeza al decir esto, casi en un susurro- márchate.
Por un momento solo se escuchó el ruido de nuestra respiración, pero Jake reanudó la conversación.
-Lis,-dijo conteniendo el aliento- ¿me quieres?
Estuve a punto de ceder, de decirle que lo quería con locura, de contarle todo lo que me había pasado y de dejar que me acunara en sus brazos para calmar mi dolor. Pero no lo hice, porque era una fugitiva, y, además, algo peor, un monstruo. Simplemente dije:
-No. No te quiero, Jacobo.
Dije esto sin pensar, intentando no llorar y conteniendo el aliento.
Hice ademán de marcharme, pero antes de lograr salir de la habitación, Jake me agarró el brazo y tiró de mí hacia sí. Sus cálidos ojos hicieron que mi cuerpo entero se estremeciera, recordando la última vez que él me había mirado así, la tarde anterior. El solamente dijo:
-Yo si te quiero Elisa.
Y me rendí. Sus ojos me derritieron por dentro y no aguanté la tentación. Intenté besarle, pero el apartó la cara.
-No juegues conmigo Lis.-dijo muy serio- Que te quiera no significa que tú te puedas aprovechar de mí.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Intenté contenerlas, pero no pude. La luz de la luna iluminó mi rostro, y éstas resplandecieron con un hermoso brillo, pero no me di cuenta, mis ojos estaban fijos en Jake e intentaban grabar su imagen en mi mente, ya que no volvería a verlo nunca. Entonces sucedió algo inesperado, Jake me atrajo hacia sí y me abrazó, pegándome a él de forma inesperada.
Bebí de aquel momento, lo aproveché al máximo, hasta que el me soltó y me dijo:
-Suerte Lis.
Yo le dediqué una sonrisa fría, cínica, distante, llena do dolor, y lo separé de mí, aunque mi corazón me pedía a gritos que volviera junto a el.
Abrí la puerta de mi cuarto, bajé las escaleras, y, antes de abrir la puerta de la entrada pensé en mirar atrás, pero no lo hice, sabía que Jake no se había movido ni un milímetro desde que yo me separara del y no quería ver su rostro, enjaguado en lágrimas.
Así que abrí la puerta que me separaba del exterior, y tras pasar por ella la cerré, intentando hacer el menor ruido posible, Marta, Pablo y Eva aún estaban durmiendo.
Y, dejando que resbalaran lágrimas por mi rostro, me alejé de aquel que había sido mi segundo hogar, en el que vivía mi primer amor.
Los días pasaron lentamente y cuando por quinta vez se anunciaba un crepúsculo llegué hasta aquel lugar que me traía tan malos recuerdos. Fría y oscura, el agua de aquella laguna hacía que mi cuerpo se estremeciera, y, a la vez, que un sentimiento de nostalgia recorriera todas las fibras de mi ser. Estaba en mi hogar, de vuelta. Pero no podía regresar a el que antes fuera “mi pueblo”, al menos no por el momento. Debía seguir, buscando algo, un lugar, para luego caminar sin rumbo por el resto de mis días.
No dudé ni un segundo, me sumergí en aquellas frías aguas que hacían estremecerse a cada fibra de mi ser. Nadé tan sólo conociendo mi destino, aquella franja de color verde que apenas se distinguía en el horizonte.
La noche me sorprendió, pero no paré de nadar, hasta que, cuando se había vuelto a hacer de noche, los músculos dejaron de responderme. La oscuridad se hacía cada vez más grande, hasta que creció tanto que pude ver nada más. Me hundía, era cierto, me hundía y nadie podía salvarme.
La última imagen que pasó por mi mente antes de perecer en aquel abismo fue el rostro de aquel chico al que, días atrás, le había roto el corazón.
Entonces la vi. Tan bella, tan brillante, tan dulce y tan triste. Aquella vez, la luna me pareció la más hermosa que había visto nunca, porque, pensé, sería la última vez que la vería. Mi última luna.
Última luna (Capítulo 3)
Ya habían pasado varios días desde que Jake me había rescatado. Su madre, Marta, su padre, Pablo, y su hermana pequeña, Eva, se habían portado muy bien conmigo y me habían dejado quedarme en su casa. Aquella casa era muy acogedora, más de lo que la mía había sido nunca, pensé, pero claro, era fácil que una casa fuera más acogedora que la pequeña y destrozada cabaña en la que vivía antes.
Pero desde que estaba allí el hambre de la bestia que llevaba dentro había aumentado con creces, y cada dos noches en un mes, desaparecía perros, gallinas, conejos y demás animales que mucha gente de un pueblo cercano, o de la ciudad, cuidaba y alimentaba, y con los que tenía relaciones de afecto.
Una noche, cuando volvía del pueblo, oí un ruido que salía de una oscura esquina, entre la casa en la que estaba viviendo y la de al lado, y pensé que era el gato del vecino que había salido a revolver la basura. Aprovechando que aún estaba transformada, decidí llenar un poco más el estómago.
Sigilosamente, me acerqué a aquella esquina que yacía en sombras, dispuesta a abalanzarme sobre aquel animal en cuento moviera un solo pelo.
Pero entonces me dí cuenta de que el gato emitía demasiado calor y que era muy grande.
La gran masa de calor comenzó a caminar hacia mi, y sin darme cuenta, empecé a retroceder.
Poco a poco, la luz de una farola cercana fue iluminando el rostro de aquel ser al que, en parte, temía.
En el momento justo en que la luz de la farola bañó sus ojos supe quién era aquel ser que tanto me atormentaba.
Lentamente, me acerqué a el, pero el no hizo ademán de retroceder.
Unos instantes después, Jake y yo estábamos cara a cara, mirándonos fijamente.
Entonces, sucedió algo inesperado, Jake movió la mano y me acarició el rostro, despacio, haciéndome sentir la chica más afortunada del mundo.
Pero escuché un ruido, y, asustada, huí.
Al día siguiente, Jake estaba muy callado, incluso
un poco triste. Le pregunté si le pasaba algo pero no me respondió, supuse que no sabía que decir.
Se acercaba septiembre y los padres de Jake querían que empezara a estudiar como una más, lo que me recordó a mi pueblo y que no tenía nada que hacer allí, en Cangas, en ese lugar. Eso me hizo pensar en mi madre, en sin estaría bien, en si le estaba pasando algo… y lloré. Y me di cuenta de que ya no me dolía tanto, de que el hecho de estar con Marta, Pablo, Eva y Jake hacía que la pérdida fuera menos dolorosa, y eso no podía ser. Todo era culpa mía, si no hubiera salido aquel día a pasear sola, aquella estúpida serpiente no me habría mordido, y yo no me habría convertido en el monstruo que ahora era. Así pues, un día, decidí que tenía que hacer algo.
Sonó el despertador, las nueve, me vestí unos vaqueros pitillo (mis favoritos), una camiseta que tenía escrito TAEKWONDO (la había conseguido Jake en uno de los campeonatos en los que había participado), y unos converse de color negro, a conjunto con la camiseta. Me peiné mi pelo castaño, dejando el flequillo para delante, como siempre. Me retoqué un poco, desde que Marta me había comprado el estuche de maquillaje me había vuelto muy coqueta, me perfilé los ojos, para que resaltara más su color verde pistacho, me apliqué crema hidratante y también un poco de gloss.
Bajé a la cocina, sabiendo que no había nadie. Marta y Pablo habían ido a trabajar y Eva había empezado el colegio días atrás. Solo quedaba Jake, que empezaría el instituto el 18 de ese mes, pero aún quedaba para eso casi una semana, además, seguramente estaría durmiendo.
Pero, para mi sorpresa, Jake estaba allí, preparándose el desayuno. Como parecía que tenía problemas con la leche fui a echarle una mano.
-¿Quieres que te ayude?-dije.
-Por favor.
-Déjame a mí. -dije al mismo tiempo que vertía la leche en un tazón y lo metía en el microondas para ahorrar tiempo.
-Gracias, la verdad es que a mi no se me da muy bien eso de cocinar.
-Vamos, si solo tenías que echar leche en un tazón y meterlo en el microondas.
-Si, ya lo sé, soy un desastre.
-Ya.
-Oye, hoy he quedado con Marcos y con Ed, espero que no te importe.
Contuve una exclamación, no podía ser, Se iba a ir con sus amigos, iba a desaprovechar el día, pero yo ya había tomado una decisión, no podía echarme atrás. Así pues, decidí aprovechar el día como fuera.
-Me has hablado mucho de ellos, tengo ganas de conocerlos.
-Eso sería genial, ellos también quieren conocerte, supongo.
-Entonces… ¿puedo ir con vosotros?
-Van a llegar en unos minutos así que abrígate-dijo mirando mi camiseta de manga corta.
-Ok-dije mientras subía las escaleras en busca de una sudadera.
El resto de la tarde pasó volando. Fuimos a dar un paseo por el parque, recorrimos la playa de punta a punta, tomamos un helado y más tarde, nos sentamos a descansar. Pero nos llegó la hora de volver a nuestras respectivas casas y yo no pude evitar sentirme desilusionada, el día ya casi había acabado.
Poco antes de llegar, Jake me invitó con un gesto a sentarme encima de un muro, junto a el. Le hice caso, me senté y mi corazón se desbordó en una inmensa ola de sentimientos abrumadores al rozarse nuestras manos. Se notaba. Había algo que ya no podía seguir ocultando, algo que sentía desde el día que lo conocí.
-Lis.-dijo.
-Jake.-respondí.
-¿Que pasa?
-¿Cómo que qué pasa?-dije yo sin entender la pregunta.
-Que qué te pasa, estás rara, y aunque intentas pasarlo bien no puedes evitar ser fría y distante. Lis, ¿de verdad que estás bien? Dime que estás tramando.
Se había dado cuenta, se había dado cuenta de todo lo que había planeado, o al menos, en parte.
-Yo… me marcho.-dije al fin.
-¿Cuándo?
-Mañana por la mañana.
El no dijo nada. Por un momento que pareció una eternidad solo se escuchó un silencio sepulcral que me hizo temblar como una hoja. Jake estuvo callado, hasta que, poco rato después, dijo sin mirarme:
-Lis, te quiero.
No sabía que decir, me había quedado en blanco. Hasta que encontré las palabras adecuadas.
-Y yo a ti-dije.
Entonces se giró, me miró, sus labios esbozaron una leve sonrisa y mis ojos se derritieron al entrar en contacto con los suyos, verdes, cálidos, abrumadores. Hasta que nuestros labios se rozaron y, seguidamente, nos fundimos en un apasionado beso.
Última luna (Capítulo 2)
Al despertar me di cuenta de que me hallaba en una habitación a la que no recordaba haber acudido. Intenté recordar lo que había pasado la noche anterior, pero solo me acordaba de la niebla que me cerraba el paso. Decidí investigar. Salí de la cama, decorada con un dosel de color rosa, y me puse en pie. La habitación, iluminada por una tenue luz que salía de un ventanal enorme, estaba pintada de un rosa mate. Los muebles, perfectamente colocados, le daban a la habitación un toque artístico, ya que, estaban decorados con pinturas de cerezos japoneses.
La habitación parecía la de una princesa de esos cuentos que les encantan a las niñas pequeñas.
La puerta profirió un ruido al abrirse, una niña de unos siete años entró en la habitación y gritó:
-¡Jake, tu novia ya se despertó!
Se me alborotó el corazón, ¿novia? ¿Esa niña había dicho novia?
Se escucharon unos ruidos como si subieran unas escaleras y apareció tras la puerta un chico de unos 14 años, tez pálida y ojos verdes. Su pelo era de color castaño oscuro y lo levaba liso, con el flequillo de lado y levantado por los extremos.
-Eva, piérdete.- dijo.
La niña le echó la lengua y se marchó.
Apoyé el brazo izquierdo en la mesa y se me escapó un gemido. Me fijé y me di cuenta de que la herida que me había echo la bala estaba vendada y ya no sangraba.
-Siéntate, por favor.- dijo el.
Le hice caso. Me senté sobre la cama y me di cuenta de que llevaba puesto un camisón blanco que me quedaba enorme. Miré para el.
-Tu ropa estaba muy sucia, así que mi madre te vistió un camisón de los suyos.
Bajé la mirada. Su madre, ¿como estaría la mía?
El niño se dio cuenta de mi silencio y dijo:
-¿Como te llamas?
-Elisa.- dije casi en un susurro.
-Yo soy Jake, encantado.-dijo con una amplia sonrisa en la cara.
-Jake… ¿eres inglés?
-No-negó- ¿por que lo dices?
-Por tu nombre.
-Ah bueno, en realidad me llamo Jacobo pero odio que me llamen así, es un diminutivo.
No supe que decir y el silencio inundó el cuarto. Fue entonces cuando me di cuenta de lo cálida y acogedora que era la habitación. Una pregunta recorrió mi mente de lado a lado.
-¿Donde estoy?- me atreví a preguntar.
-En “Clestian”.
-No sé donde está eso.- dije.
-Ni yo sé como explicártelo.
El dejó de hablar. Sus ojos verdes estaban fijos en los míos y me di cuenta de lo guapo que era. El pelo de lado le quedaba muy bien y su piel hacía que le resaltasen mucho los ojos. Empecé a ruborizarme debido a su mirada, así que decidí hablar.
-¿Que hago aquí?
-Te encontré en la orilla del lago. Pensé que estabas muerta y te llevé a tierra, pero te escuché respirar, vi tu herida y te traje a casa. Como mi padre es médico te curó el brazo, y como nos sobra esta habitación te trajimos a aquí.
-Ah.
-¿De donde vienes?-preguntó el.
-Vivía en Drelya pero ahora ya no tengo ningún lugar al que ir ni volver.
-Drelya?! ¿Te refieres ala ciudad que está ala otra orilla del lago?
-¿Qué lago?
-¡El que separa Drelya de nuestro mundo!
-¿“Nuestro mundo”? ¡No entiendo nada!
-¿No lo sabes? Se dice que Drelya es un mundo distinto a este y se dice que va muy retrasado en cuanto al nuestro...
-Eso no es cierto-Corté.-Y no es “nuestro mundo” ni “vuestro mundo” Si te refieres a mi país, es exactamente igual al vuestro, solo cambia la forma de gobernar.
-¿Forma de gobernar? Allí matan a gente por cometer delitos, ¿a eso le llamas gobernar?
-¡No hables de lo que no conoces, tú no sabes como se gobierna en mi país, y no tienes ningún derecho a criticarlo!
-¿Ah no? ¿Por que no se lo preguntas a mi hermano? Él viajó a tu país, ¿y sabes como se lo pagaron? Con una estancia de porvida en el cementerio local.
Me quedé callada, Jake tenía que estar diciendo la verdad, su rostro lo decía todo, estaba a punto de llorar. ¿Pero en quién podía confiar? ¿En el pueblo y la gente con la que había crecido, o en un chico que acababa de conocer? Pero entonces lo vi por otro lado y me hice otra vez aquella pregunta. ¿En quien podía confiar? ¿En el pueblo y en la gente que había intentado matarme, o en un chico que me había salvado la vida? Me decidí por la segunda opción.
Jake intentó calmarse, y poco a poco la tensión se fue evaporando.
-Bueno...verás...yo...lo siento, me altero con mucha facilidad.
Intenté responderle, pero tenía la voz demasiado ronca para hablar. De nuevo, Jake reanudó la conversación.
-¿Cómo es que estás aquí y no en tu pueblo? ¿Y por qué estabas en la laguna?-Parecía muy interesado en ese tema.
Mi rostro se entristeció, eso que Jake me había dicho me traía tantos recuerdos… Agaché la cabeza, aún no me creía que estuviera viva.
-¿Te expulsaron de allí?- dijo Jake con infinita ternura.
-No. Me escapé.-respondí con tono sombrío.
-¿Por que?
-Intentaban matarme.-dije secamente, aunque sabía que era igual como lo dijera, porque Jake pensaría lo mismo.
Él ya no supo que decir. Pronunció unas palabras con tono de disculpa pero a mi me trajeron recuerdos amargos del día en el que me escapé… «lo siento», dijo, y me eché a llorar, y los brazos de aquel desconocido me acunaron hasta que se me secaron las lágrimas y no pude llorar más. Pero en ese momento no me di cuenta de que aquel que era ahora un desconocido pronto pasaría a formar parte de mi vida. Estaba demasiado ocupada en ahogar mi llanto.
Última luna (Capítulo 1)
Hay un momento en el que acaba todo; en el que te das cuenta de todas las cosas que podías haber hecho y piensas la razón por la que no ha sido así; en el que te das cuenta de el daño que has hecho y del que te han hecho a ti; en el que odias a todos los que viven felices sin saber que existes y los que te conocen y no se acuerdan de ti, o que no quieren admitirlo; en el que hasta tu madre te da la espalda; en el que como muchas otras veces anhelas ser normal de nuevo…Ese momento siempre llega, porque al final te acaban descubriendo lo que eres...
...y te matan.
capítulo 1
Ya estaba todo preparado, la gente iba asentándose para no perderse la ejecución. Eran las 4 de la tarde y todo el pueblo estaba en la plaza. Aunque el día era muy caluroso, todos habían salido de sus casas y habían ido a la plaza principal. En ella había una hermosa fuente, inmensos jardines llenos de plantas exóticas, enormes árboles que daban sombra a las personas y cobijo a los pájaros, a las ardillas y a más variedad de animales que buscaban protección.
Me habían metido en una jaula oxidada y polvorienta, que estaba en el trastero en un carro. El cochero decía en susurros algo así como “¿por que me ha tocado a mi?”.Llegamos a la plaza y todos me miraban con una expresión en la cara de asco y reproche, aunque se podía distinguir el miedo en sus fracciones.
Allí estaban todos, vecinos, compañeros de clase y antiguos profesores. Incluso estaban unas pobres vagabundas a las que yo les había dado de comer desde pequeña. Nadie me quería. ¿Como era posible? Poco a poco, el carro iba avanzando, y mi desesperación con el, pues, a medida que avanzaba el carro entraban en mi campo de visión más y más personas, conocidos y no conocidos, ancianos y jóvenes, padres e hijos...
Todo eso podía soportarse, todo eso dolía, pero no lo bastante para llegar a afectarme lo suficiente para hacerme llorar. Pero hubo algo que no pude soportar, algo que me nubló la vista, algo que realmente me afectó, y mucho. Vi a mi madre en primera fila, con la misma expresión en la cara que el resto del pueblo. No pude contener las lágrimas. Mi madre, a la que yo quería tanto, me había dado la espalda.
Ahora ya no me importaba nada. Todos me habían abandonado, estaba sola. En realidad siempre lo había estado y no me había dado cuenta hasta ese día. El guardia me abrió la puerta y me hizo una seña para que subiera a junto el verdugo. Yo obedecí sin rechistar. Subí el pequeño escalón lentamente, ya que las cadenas no me permitían mucha movilidad en las piernas.
El verdugo me colocó encima de una tarima, apretándome fuertemente los brazos hasta hacerme bastante daño, por lo que se me escapó un gemido. El verdugo dejó de hacer fuerza sobre mis brazos y me soltó. En su cara se podía distinguir el miedo que sentía.
Entonces me di cuenta de una cosa: yo no tenía por que morir, no tenía por que dejar que me ataran la soga al cuello, era un monstruo ¿no?, pues tenía que demostrarlo, demostrar lo que era capaz de hacer.
Me deje llevar por la ira, y empezó la transformación.
Mi piel se transformó en escamas, mis extremidades desaparecieron y mis ojos dejaron de ver por un momento, hasta que empezaron a aparecer manchas amarillas, naranjas, rojas y violetas a mi alrededor.
Las cadenas que me aferraban se rompieron, saliendo disparadas en todas las direcciones posibles.
Por un instante no se escuchó nada, de repente, toda la gente que allí había empezó a correr.
En poco tiempo la plaza quedó desierta, o casi. Volví a mi forma humana.
Giré la cabeza para comprobar que no había peligro y la vi. Allí estaba mi madre, pálida, triste, mirándome fijamente.
-Lisa.- dijo casi en un susurro.
-Mamá...yo…lo…lo siento…de veras…créeme.
Mi madre sonrió, se acercó a mí corriendo y me abrazó.
-Lo siento – dijo –Lo siento.
-Te quiero mamá.
-Y yo a ti hija.
En ese momento llegó el alcalde con una escopeta y varios hombres también armados.
-Suelte al monstruo o tendremos que dispararle a usted también.- Gritó al alcalde.
-¡No no permitiré que le hagáis daño!- Gritó mi madre.
-Se lo aviso señora...
-No la soltaré- Repitió ella.
De pronto, el alcalde disparó, y a mi madre se le escapó un gemido.
Me miró a los ojos, me besó en la mejilla y me apartó de ella con un fuerte empujón.
-¡Lisa, huye! –dijo ella.
-¡Mamá!
-¡Vete! –repitió tajante.
El alcalde me disparó, la bala me atravesó el brazo izquierdo y este empezó a sangrar. Yo, presa del pánico, eché a correr.
Cuando estaba alcanzando la puerta del pueblo escuché un disparo a mis espaldas, y a continuación un grito de mi madre. Abrí la puerta y huí. Por mis mejillas resbalaban lágrimas, pero no quise mirar atrás.
Llevaba días corriendo sin descanso. A mi alrededor solo se veía una niebla espesa que hacía que cada poco tiempo tropezara con alguna piedra y me cayera de bruces al suelo.
Sabía perfectamente que no me perseguía nadie pero aún así no podía parar. Aún estaba aterrorizada por lo que acababa de pasar.
Seguramente me estaban buscando por los alrededores del pueblo. Aún no me creía que estuviera viva, mi madre, ella me había salvado. Un escalofrío recorrió mi espalda, ¿estaría ella bien?
La niebla se fue despejando, entre los jirones que quedaban se podía distinguir una laguna de tamaño descomunal que separaba una orilla de la otra.
Pensé en rodearla, pero al llegar al borde me di cuenta de que aunque corriera tardaría meses, quizás años, en pasar. No podía más, estaba muy cansada y hambrienta. La herida de mi brazo aún sangraba y escocía, así que dejé que el sonido de mis tripas me arrullara hasta quedar dormida al fin.
el sol amarillo,
la hierba es verde
y el cielo es azul.
De pronto te miro,
miro tus ojos,
y cuando me doy cuenta,
todo ha cambiado de color.
Las nubes son verdes,
el sol es azul, la hierba es roja
y el cielo es marrón.
Pero entonces te vas,
te alejas de mi
y cuando me doy cuenta todo ha cambiado de color.
Las nubes son blancas,
el sol amarillo,
la hierba es verde
y el cielo es azul.
jueves, 3 de junio de 2010
Estaba en mi cama con la ropa puesta, la cual, estaba destrozada, además, toda sucia y llena de tierra negra...
Si te gusta como empieza, puedes leerlo entero en escribiendoqesgerundio. ¡Anímate!
Llorando...
he llorado tu ausencia.
Como cada día,
he llorado por ti.
Esta mañana me desperté con lágrimas en los ojos,
y esta noche,
soñaré que estoy junto a ti.
jueves, 29 de abril de 2010
Ultima Luna...
jueves, 22 de abril de 2010
Keny...siempre te llevaré conmigo...
un añito tenía yo,
fuimos como hermanas,
te quiero tanto.
Tú eras la luz que iluminaba
todo lo que había a mis pies,
ahora sin ti
tropiezo sin cesar.
Todas las noches,
al escuchar la canción sonora,
tu recuerdo me invade
y me hace llorar.
Como el río de aguas cristalinas
que cruza, parte y divide
el sendero por el que camino,
tu recuerdo es así.
Tu nombre,
un recuerdo frío y duro,
pero a la vez cálido y abrumador,
Kenia.





