Capítulo 5
En la oscuridad de la casa reinaba un silencio sepulcral, hasta que se escucharon los llantos de un bebé, y, poco después, los desesperados gritos de terror de su madre.
Solo sentía ansiedad, hambre, sed. Necesitaba comer.
Primero se apagó la voz de la madre, como la llama de una vela por culpa de un soplido.
La ansiedad disminuyó, el hambre cesó, pero aún tenía sed. Poco después, cesaron los llantos del bebé. Lo único que sentí fue una sensación de saciedad, y, seguidamente, un intenso terror, miedo y una sensación de asco que me hizo llorar.
Entre lágrimas, intenté despertarme, no quería recordar, quería olvidar, pero no quería morir, había tres palabras que me aferraban a la vida y que había pronunciado el chico al que amaba, al que había dedicado mi último pensamiento antes de hundirme en aquella laguna. Eran: “Te quiero, Lis”.
Al fin, me desperté. Aquella sensación de terror aún me nublaba los pensamientos y un dolor agudo me impedía pensar. Intenté aclararme las ideas, así que abrí los ojos y eché un vistazo.
Lo primero que vi fueron un suelo y unos barrotes de hierro llenos de polvo. Cuando conseguí abrir de todo los ojos pude distinguir, entre los barrotes, flores, flores exóticas, de muchos colores y variedades, flores que formaban un remolino de color que me trajo recuerdos de paseos por el campo. En el aire se distinguía un intenso olor a miel recién sacada de la colmena, pero también olor a leche fresca, recién salida de la ubre. Se me hizo la boca agua solo de pensar en tomarme un tazón de leche con miel en aquellos parajes, pero entonces me dí cuenta de donde estaba, los abucheos de la gente me indicaron que estaba de vuelta en mi pueblo, en aquel pueblo del que había tenido que huir. Se abrió la jaula y un verdugo me agarró del brazo y me hizo subir hasta la tarima donde me pensaban ahorcar, pero yo ya había pasado por eso, ya no era la primera vez que intentaban matarme, ni sería la última, pensé, sabía lo que tenía que hacer.
Con un grito de furia me transformé nuevamente en serpiente. Tardé un poco en acostumbrarme a mis sentidos extra y me apresuré a asustar a todos los presentes.
Cuando ya se había marchado todo el mundo me apresuré a transformarme en humana, aunque sabía que no estaba sola, la había visto al subirme a la tarima, ella estaba detrás de mí.
Al girarme para verle la cara, brotaron lágrimas de mis ojos, para luego resbalar por mis mejillas y mojarme la ropa.
Lloraba de emoción, era cierto, pero eso en menor parte. En realidad lloraba de alegría, lloraba por saber que, en realidad, sí la había echado de menos, que estar con Jake solo me había aliviado en parte, que no había dejado de quererla nunca.
Pero un dolor agudo me atravesó el corazón y mis sentidos se nublaron. Me habían disparado. Lo único que pude sentir luego fue una sensación de mareo y las manos de mi madre acariciando mi cara después de haberme caído al suelo. Sus gritos desesperados y sus lágrimas me encogieron el corazón. Ella se quedó abrazada a mi hasta que se escuchó un disparo. Los gritos de súplica cesaron, y poco a poco sus manos se fueron volviendo más frías, hasta que se quedaron heladas.
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