jueves, 17 de junio de 2010

Última luna (Capítulo 4)

Capítulo 4

Casi había amanecido, así que decidí marcharme ya. Mientras estaba metiendo cosas que necesitaría en mi viaje (ropa, fruta, una manta…) en mi mochila, petaron a la puerta y esta inmediatamente se abrió, sin esperar respuesta.
Era Jake.

-Pasa.-dije.
-¿A donde vas?-me preguntó.
-Ya te lo he dicho, no voy a seguir aquí.
-No, me refiero que a donde vas, a que lugar.
-No lo sé.
-Entonces…-dijo él- te vas a ir así, sin más, sin saber a donde irás, ni cuanto tiempo te llevará el viaje, ni…
-Eso no es necesario.-corté yo- Lo que importa es que me vaya, cuanto antes mejor
-Así que eso es todo. Me besas y te vas.
-Perdona,-dije con ira es los ojos y acercándome a el- pero el que me besó fuiste tú.
-Y por lo que veo eso para ti no significó nada.
-Yo no he dicho eso.-dije metiendo más cosas en la mochila.
-¿Ah no? ¿Y que dices entonces?
-No tengo nada que decir.
-Lo suponía. Mira, si significo algo para ti, quédate, si no-sus ojos se encogieron de tristeza al decir esto, casi en un susurro- márchate.

Por un momento solo se escuchó el ruido de nuestra respiración, pero Jake reanudó la conversación.

-Lis,-dijo conteniendo el aliento- ¿me quieres?

Estuve a punto de ceder, de decirle que lo quería con locura, de contarle todo lo que me había pasado y de dejar que me acunara en sus brazos para calmar mi dolor. Pero no lo hice, porque era una fugitiva, y, además, algo peor, un monstruo. Simplemente dije:

-No. No te quiero, Jacobo.

Dije esto sin pensar, intentando no llorar y conteniendo el aliento.
Hice ademán de marcharme, pero antes de lograr salir de la habitación, Jake me agarró el brazo y tiró de mí hacia sí. Sus cálidos ojos hicieron que mi cuerpo entero se estremeciera, recordando la última vez que él me había mirado así, la tarde anterior. El solamente dijo:

-Yo si te quiero Elisa.

Y me rendí. Sus ojos me derritieron por dentro y no aguanté la tentación. Intenté besarle, pero el apartó la cara.

-No juegues conmigo Lis.-dijo muy serio- Que te quiera no significa que tú te puedas aprovechar de mí.

Se me llenaron los ojos de lágrimas. Intenté contenerlas, pero no pude. La luz de la luna iluminó mi rostro, y éstas resplandecieron con un hermoso brillo, pero no me di cuenta, mis ojos estaban fijos en Jake e intentaban grabar su imagen en mi mente, ya que no volvería a verlo nunca. Entonces sucedió algo inesperado, Jake me atrajo hacia sí y me abrazó, pegándome a él de forma inesperada.
Bebí de aquel momento, lo aproveché al máximo, hasta que el me soltó y me dijo:

-Suerte Lis.

Yo le dediqué una sonrisa fría, cínica, distante, llena do dolor, y lo separé de mí, aunque mi corazón me pedía a gritos que volviera junto a el.
Abrí la puerta de mi cuarto, bajé las escaleras, y, antes de abrir la puerta de la entrada pensé en mirar atrás, pero no lo hice, sabía que Jake no se había movido ni un milímetro desde que yo me separara del y no quería ver su rostro, enjaguado en lágrimas.
Así que abrí la puerta que me separaba del exterior, y tras pasar por ella la cerré, intentando hacer el menor ruido posible, Marta, Pablo y Eva aún estaban durmiendo.
Y, dejando que resbalaran lágrimas por mi rostro, me alejé de aquel que había sido mi segundo hogar, en el que vivía mi primer amor.

Los días pasaron lentamente y cuando por quinta vez se anunciaba un crepúsculo llegué hasta aquel lugar que me traía tan malos recuerdos. Fría y oscura, el agua de aquella laguna hacía que mi cuerpo se estremeciera, y, a la vez, que un sentimiento de nostalgia recorriera todas las fibras de mi ser. Estaba en mi hogar, de vuelta. Pero no podía regresar a el que antes fuera “mi pueblo”, al menos no por el momento. Debía seguir, buscando algo, un lugar, para luego caminar sin rumbo por el resto de mis días.
No dudé ni un segundo, me sumergí en aquellas frías aguas que hacían estremecerse a cada fibra de mi ser. Nadé tan sólo conociendo mi destino, aquella franja de color verde que apenas se distinguía en el horizonte.

La noche me sorprendió, pero no paré de nadar, hasta que, cuando se había vuelto a hacer de noche, los músculos dejaron de responderme. La oscuridad se hacía cada vez más grande, hasta que creció tanto que pude ver nada más. Me hundía, era cierto, me hundía y nadie podía salvarme.
La última imagen que pasó por mi mente antes de perecer en aquel abismo fue el rostro de aquel chico al que, días atrás, le había roto el corazón.
Entonces la vi. Tan bella, tan brillante, tan dulce y tan triste. Aquella vez, la luna me pareció la más hermosa que había visto nunca, porque, pensé, sería la última vez que la vería. Mi última luna.

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