Capítulo 3
Ya habían pasado varios días desde que Jake me había rescatado. Su madre, Marta, su padre, Pablo, y su hermana pequeña, Eva, se habían portado muy bien conmigo y me habían dejado quedarme en su casa. Aquella casa era muy acogedora, más de lo que la mía había sido nunca, pensé, pero claro, era fácil que una casa fuera más acogedora que la pequeña y destrozada cabaña en la que vivía antes.
Pero desde que estaba allí el hambre de la bestia que llevaba dentro había aumentado con creces, y cada dos noches en un mes, desaparecía perros, gallinas, conejos y demás animales que mucha gente de un pueblo cercano, o de la ciudad, cuidaba y alimentaba, y con los que tenía relaciones de afecto.
Una noche, cuando volvía del pueblo, oí un ruido que salía de una oscura esquina, entre la casa en la que estaba viviendo y la de al lado, y pensé que era el gato del vecino que había salido a revolver la basura. Aprovechando que aún estaba transformada, decidí llenar un poco más el estómago.
Sigilosamente, me acerqué a aquella esquina que yacía en sombras, dispuesta a abalanzarme sobre aquel animal en cuento moviera un solo pelo.
Pero entonces me dí cuenta de que el gato emitía demasiado calor y que era muy grande.
La gran masa de calor comenzó a caminar hacia mi, y sin darme cuenta, empecé a retroceder.
Poco a poco, la luz de una farola cercana fue iluminando el rostro de aquel ser al que, en parte, temía.
En el momento justo en que la luz de la farola bañó sus ojos supe quién era aquel ser que tanto me atormentaba.
Lentamente, me acerqué a el, pero el no hizo ademán de retroceder.
Unos instantes después, Jake y yo estábamos cara a cara, mirándonos fijamente.
Entonces, sucedió algo inesperado, Jake movió la mano y me acarició el rostro, despacio, haciéndome sentir la chica más afortunada del mundo.
Pero escuché un ruido, y, asustada, huí.
Al día siguiente, Jake estaba muy callado, incluso
un poco triste. Le pregunté si le pasaba algo pero no me respondió, supuse que no sabía que decir.
Se acercaba septiembre y los padres de Jake querían que empezara a estudiar como una más, lo que me recordó a mi pueblo y que no tenía nada que hacer allí, en Cangas, en ese lugar. Eso me hizo pensar en mi madre, en sin estaría bien, en si le estaba pasando algo… y lloré. Y me di cuenta de que ya no me dolía tanto, de que el hecho de estar con Marta, Pablo, Eva y Jake hacía que la pérdida fuera menos dolorosa, y eso no podía ser. Todo era culpa mía, si no hubiera salido aquel día a pasear sola, aquella estúpida serpiente no me habría mordido, y yo no me habría convertido en el monstruo que ahora era. Así pues, un día, decidí que tenía que hacer algo.
Sonó el despertador, las nueve, me vestí unos vaqueros pitillo (mis favoritos), una camiseta que tenía escrito TAEKWONDO (la había conseguido Jake en uno de los campeonatos en los que había participado), y unos converse de color negro, a conjunto con la camiseta. Me peiné mi pelo castaño, dejando el flequillo para delante, como siempre. Me retoqué un poco, desde que Marta me había comprado el estuche de maquillaje me había vuelto muy coqueta, me perfilé los ojos, para que resaltara más su color verde pistacho, me apliqué crema hidratante y también un poco de gloss.
Bajé a la cocina, sabiendo que no había nadie. Marta y Pablo habían ido a trabajar y Eva había empezado el colegio días atrás. Solo quedaba Jake, que empezaría el instituto el 18 de ese mes, pero aún quedaba para eso casi una semana, además, seguramente estaría durmiendo.
Pero, para mi sorpresa, Jake estaba allí, preparándose el desayuno. Como parecía que tenía problemas con la leche fui a echarle una mano.
-¿Quieres que te ayude?-dije.
-Por favor.
-Déjame a mí. -dije al mismo tiempo que vertía la leche en un tazón y lo metía en el microondas para ahorrar tiempo.
-Gracias, la verdad es que a mi no se me da muy bien eso de cocinar.
-Vamos, si solo tenías que echar leche en un tazón y meterlo en el microondas.
-Si, ya lo sé, soy un desastre.
-Ya.
-Oye, hoy he quedado con Marcos y con Ed, espero que no te importe.
Contuve una exclamación, no podía ser, Se iba a ir con sus amigos, iba a desaprovechar el día, pero yo ya había tomado una decisión, no podía echarme atrás. Así pues, decidí aprovechar el día como fuera.
-Me has hablado mucho de ellos, tengo ganas de conocerlos.
-Eso sería genial, ellos también quieren conocerte, supongo.
-Entonces… ¿puedo ir con vosotros?
-Van a llegar en unos minutos así que abrígate-dijo mirando mi camiseta de manga corta.
-Ok-dije mientras subía las escaleras en busca de una sudadera.
El resto de la tarde pasó volando. Fuimos a dar un paseo por el parque, recorrimos la playa de punta a punta, tomamos un helado y más tarde, nos sentamos a descansar. Pero nos llegó la hora de volver a nuestras respectivas casas y yo no pude evitar sentirme desilusionada, el día ya casi había acabado.
Poco antes de llegar, Jake me invitó con un gesto a sentarme encima de un muro, junto a el. Le hice caso, me senté y mi corazón se desbordó en una inmensa ola de sentimientos abrumadores al rozarse nuestras manos. Se notaba. Había algo que ya no podía seguir ocultando, algo que sentía desde el día que lo conocí.
-Lis.-dijo.
-Jake.-respondí.
-¿Que pasa?
-¿Cómo que qué pasa?-dije yo sin entender la pregunta.
-Que qué te pasa, estás rara, y aunque intentas pasarlo bien no puedes evitar ser fría y distante. Lis, ¿de verdad que estás bien? Dime que estás tramando.
Se había dado cuenta, se había dado cuenta de todo lo que había planeado, o al menos, en parte.
-Yo… me marcho.-dije al fin.
-¿Cuándo?
-Mañana por la mañana.
El no dijo nada. Por un momento que pareció una eternidad solo se escuchó un silencio sepulcral que me hizo temblar como una hoja. Jake estuvo callado, hasta que, poco rato después, dijo sin mirarme:
-Lis, te quiero.
No sabía que decir, me había quedado en blanco. Hasta que encontré las palabras adecuadas.
-Y yo a ti-dije.
Entonces se giró, me miró, sus labios esbozaron una leve sonrisa y mis ojos se derritieron al entrar en contacto con los suyos, verdes, cálidos, abrumadores. Hasta que nuestros labios se rozaron y, seguidamente, nos fundimos en un apasionado beso.
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