Hay un momento en el que acaba todo; en el que te das cuenta de todas las cosas que podías haber hecho y piensas la razón por la que no ha sido así; en el que te das cuenta de el daño que has hecho y del que te han hecho a ti; en el que odias a todos los que viven felices sin saber que existes y los que te conocen y no se acuerdan de ti, o que no quieren admitirlo; en el que hasta tu madre te da la espalda; en el que como muchas otras veces anhelas ser normal de nuevo…Ese momento siempre llega, porque al final te acaban descubriendo lo que eres...
...y te matan.
capítulo 1
Ya estaba todo preparado, la gente iba asentándose para no perderse la ejecución. Eran las 4 de la tarde y todo el pueblo estaba en la plaza. Aunque el día era muy caluroso, todos habían salido de sus casas y habían ido a la plaza principal. En ella había una hermosa fuente, inmensos jardines llenos de plantas exóticas, enormes árboles que daban sombra a las personas y cobijo a los pájaros, a las ardillas y a más variedad de animales que buscaban protección.
Me habían metido en una jaula oxidada y polvorienta, que estaba en el trastero en un carro. El cochero decía en susurros algo así como “¿por que me ha tocado a mi?”.Llegamos a la plaza y todos me miraban con una expresión en la cara de asco y reproche, aunque se podía distinguir el miedo en sus fracciones.
Allí estaban todos, vecinos, compañeros de clase y antiguos profesores. Incluso estaban unas pobres vagabundas a las que yo les había dado de comer desde pequeña. Nadie me quería. ¿Como era posible? Poco a poco, el carro iba avanzando, y mi desesperación con el, pues, a medida que avanzaba el carro entraban en mi campo de visión más y más personas, conocidos y no conocidos, ancianos y jóvenes, padres e hijos...
Todo eso podía soportarse, todo eso dolía, pero no lo bastante para llegar a afectarme lo suficiente para hacerme llorar. Pero hubo algo que no pude soportar, algo que me nubló la vista, algo que realmente me afectó, y mucho. Vi a mi madre en primera fila, con la misma expresión en la cara que el resto del pueblo. No pude contener las lágrimas. Mi madre, a la que yo quería tanto, me había dado la espalda.
Ahora ya no me importaba nada. Todos me habían abandonado, estaba sola. En realidad siempre lo había estado y no me había dado cuenta hasta ese día. El guardia me abrió la puerta y me hizo una seña para que subiera a junto el verdugo. Yo obedecí sin rechistar. Subí el pequeño escalón lentamente, ya que las cadenas no me permitían mucha movilidad en las piernas.
El verdugo me colocó encima de una tarima, apretándome fuertemente los brazos hasta hacerme bastante daño, por lo que se me escapó un gemido. El verdugo dejó de hacer fuerza sobre mis brazos y me soltó. En su cara se podía distinguir el miedo que sentía.
Entonces me di cuenta de una cosa: yo no tenía por que morir, no tenía por que dejar que me ataran la soga al cuello, era un monstruo ¿no?, pues tenía que demostrarlo, demostrar lo que era capaz de hacer.
Me deje llevar por la ira, y empezó la transformación.
Mi piel se transformó en escamas, mis extremidades desaparecieron y mis ojos dejaron de ver por un momento, hasta que empezaron a aparecer manchas amarillas, naranjas, rojas y violetas a mi alrededor.
Las cadenas que me aferraban se rompieron, saliendo disparadas en todas las direcciones posibles.
Por un instante no se escuchó nada, de repente, toda la gente que allí había empezó a correr.
En poco tiempo la plaza quedó desierta, o casi. Volví a mi forma humana.
Giré la cabeza para comprobar que no había peligro y la vi. Allí estaba mi madre, pálida, triste, mirándome fijamente.
-Lisa.- dijo casi en un susurro.
-Mamá...yo…lo…lo siento…de veras…créeme.
Mi madre sonrió, se acercó a mí corriendo y me abrazó.
-Lo siento – dijo –Lo siento.
-Te quiero mamá.
-Y yo a ti hija.
En ese momento llegó el alcalde con una escopeta y varios hombres también armados.
-Suelte al monstruo o tendremos que dispararle a usted también.- Gritó al alcalde.
-¡No no permitiré que le hagáis daño!- Gritó mi madre.
-Se lo aviso señora...
-No la soltaré- Repitió ella.
De pronto, el alcalde disparó, y a mi madre se le escapó un gemido.
Me miró a los ojos, me besó en la mejilla y me apartó de ella con un fuerte empujón.
-¡Lisa, huye! –dijo ella.
-¡Mamá!
-¡Vete! –repitió tajante.
El alcalde me disparó, la bala me atravesó el brazo izquierdo y este empezó a sangrar. Yo, presa del pánico, eché a correr.
Cuando estaba alcanzando la puerta del pueblo escuché un disparo a mis espaldas, y a continuación un grito de mi madre. Abrí la puerta y huí. Por mis mejillas resbalaban lágrimas, pero no quise mirar atrás.
Llevaba días corriendo sin descanso. A mi alrededor solo se veía una niebla espesa que hacía que cada poco tiempo tropezara con alguna piedra y me cayera de bruces al suelo.
Sabía perfectamente que no me perseguía nadie pero aún así no podía parar. Aún estaba aterrorizada por lo que acababa de pasar.
Seguramente me estaban buscando por los alrededores del pueblo. Aún no me creía que estuviera viva, mi madre, ella me había salvado. Un escalofrío recorrió mi espalda, ¿estaría ella bien?
La niebla se fue despejando, entre los jirones que quedaban se podía distinguir una laguna de tamaño descomunal que separaba una orilla de la otra.
Pensé en rodearla, pero al llegar al borde me di cuenta de que aunque corriera tardaría meses, quizás años, en pasar. No podía más, estaba muy cansada y hambrienta. La herida de mi brazo aún sangraba y escocía, así que dejé que el sonido de mis tripas me arrullara hasta quedar dormida al fin.
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